miércoles, 25 de marzo de 2009

Tempus fugit


Lo primero que hizo Elena al llegar a casa fue dirigirse al salón para sentarse cómodamente en la butaca de su padre. No entendía lo que había sucedido durante la noche, la cabeza le daba vueltas y su mente corría todavia hacia lugares desconocidos. En su retina quedó clavada la imagen de Sara, rodeada de hombres que la tocaban y manoseaban, rozando sus pechos, besando su cuello, acariciando su entrepierna; era una diosa y ellos sus fervientes seguidores. Recorría el salón con la mirada perdida, recordando cada segundo de esa noche en que todo el mundo se conocía y se dejaba llevar por el deseo incontrolable. Las imágenes retenidas en su memoria eran sórdidas, los recuerdos lejanos, descabellados, y las sensaciones, desconcertantes, inciertas. Elena se quedó tan perpleja por la actitud de Sara que no pudo evitar huir de la situación; quería salir al jardín para borrar la visión escandalosa que estaba avergonzando sus pensamientos. No encontraba la salida. Miraba a su alrededor y sólo veía gente desconocida bailando al ritmo de una música que oía lejana. El cuerpo le empezó a temblar, las manos le sudaban y las piernas seguian a marchas forzadas la música estridente, sin coordinación alguna. Su mirada perdida entre la multitud se quedó paralizada. Allí estaba. Era él. La observaba como si ella fuera su presa, con misteriosa quietud pero con afán de ser visto... Continuará...